El posaba sus manos, impiadosas y mortales, en su cien a
media noche.
Acariciaba recuerdos que lo tranquilizaran,
Sonreía la idea del viento, acariciando sus parpados.
Añoraba olvidar el desasosiego, de la metáfora improbable de
vivir.
El silencio era testigo, de su tímido rescate de muertes,
Y sucumbía, ante un estruendo de lágrimas que no se oían.
Tal como no se percibía, la inercia de su finitud, tan
humana.
Sólo quería sentir, aquel cielo perpetuo e infantil en sus
retinas.
Aquella calma.
Edo Ver ©

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